jueves, 30 de octubre de 2014

"CON LA FRENTE MARCHITA" (relato corto.-2014)






             PRIMER PREMIO DEL XI CERTAMEN DE RELATO CORTO MIAJADAS 2014



                                                    «CON LA FRENTE MARCHITA»

Después de un largo rato caminando inmerso en sus pensamientos y en el recuerdo de tiempos pasados, Javi se plantó frente a la puerta. Habían pasado casi veinte años desde la última vez que su mano derecha tomó el aldabón de bronce en las manos y lo golpeó tres veces haciendo retumbar hasta los cimientos de aquella vieja casa y los de su propia vida. Veinte años desde que decidió romper una relación nacida en plena adolescencia y que a fuerza del paso de los años, perdió candidez, inocencia y la pasión necesaria para seguir adelante. Dos eternas décadas en las que en multitud de ocasiones se preguntó por qué lo hizo...¿realmente necesitaba romper traumáticamente aquella relación sin darle siquiera una mínima oportunidad?
En todo ese tiempo, Javi había experimentado numerosos sinsabores en el terreno amoroso: había tenido tres nuevas relaciones, una boda, un hijo, un divorcio y alguna que otra aventura esporádica de una noche. Y aunque era consciente de que precisamente en momentos de «crisis existenciales» como la que en ese momento atravesaba, el ser humano tendía a idealizar las glorias pasadas obviando las múltiples razones que le llevaron a tomar determinadas decisiones, no era menos cierto que en su cabeza surgían numerosas fantasías sobre lo que pudo ser y no fue, y sobre todo le atormentaban cientos de preguntas pendientes de respuestas.
La primera de ellas… ¿qué fue de Marta, su primera novia?
El destino quiso que aquella mañana, sumergido en la indisimulable añoranza de su primer amor de adolescencia, puro y sincero, sus pies lo hicieran caminar inconscientemente por la serpenteante calle empedrada donde el número veinte, el portal de Marta, se asomaba a la solitaria acera. Mismas sensaciones, mismos aromas...el mismo sonido del bullicio en la calle, melodías de conversaciones anodinas mezcladas con chasquidos de bolsas de plástico, monedas sobre el mostrador de un bar cercano y silbidos de cafeteras express, el ronroneo del motor de la furgoneta que repartía el pan por el barrio...nada...absolutamente nada parecía haber cambiado.
Bueno, algo sí lo había hecho; Javi se acercó distraídamente al escaparate de una tienda de ropas, y en vez de contemplar el reflejo del chico de flequillo largo peinado con un ligero y desenfadado tupé, sonrisa inocente pero franca y sincera, encontró un esbozo de decadencia. Mirada castigada, cabello largo poblado de canas e infinidad de diminutas arrugas que nacían alrededor de los ojos y de los labios, no excesivamente marcados, pero lo suficientemente visibles como para evidenciar que aquel chico de hacía veinte años se había transformado por la laceración del tiempo y los golpes de la vida, en un señor de aspecto esquivo, desconfiado y desesperanzado.
No pudo evitar retroceder alejándose del escaparate como si de esa manera huyera de la imagen que se reflejaba en la actualidad, y a punto estuvo de atropellarlo en ese momento un chico con su motocicleta negra, el cual tras esquivarlo con maestría, le dedicó a Javi una colección de epítetos nada cariñosos.
Respiró profundamente y, tras observar como la motocicleta se alejaba calle arriba, dió media vuelta para enfrentarse cara a cara a aquel número veinte, a aquella enorme puerta de madera que parecía haberlo esperado todo ese tiempo y que, con apenas unos centímetros de grosor, parecía separar el presente y el pasado como si fuese un infranqueable muro que hubiese permanecido inalterable todo ese tiempo.
Nervioso, Javi tomó el aldabón con su mano derecha y lo golpeó tres veces, como hacía veinte años antes. Al poco, el angelical y familiar rostr de Marta asomó en el umbral de la puerta. Era perfectamente reconocible: sus grandes ojos de color chocolate conservaban el brillo y la viveza de antaño, y sus cabellos, aunque más cortos y tintados de caoba, parecían tan sedosos y juguetones como entonces. Su piel, en la que no asomaba ni una sola arruga, mantenía el delicioso tono tostado de inicios de verano que tantas y tantas veces acarició en la soledad de su cuarto, a solas con el ventilador de techo y cómplices de la penumbra buscada con las cortinas oscuras que la mamá de Marta seguramente bordó con otras intenciones.
Marta miró directamente a los ojos a Javi, y tras escrutarlo durante un largo minuto, sonrió y dijo: «Llegas algo tarde ¿no te parece?… anda, pasa. Te estaba esperando».
Y Javi pudo entender que siempre habría nuevas oportunidades y que a veces las puertas que se cerraron en el pasado, oh caprichoso destino, volvían a abrirse cuando menos te lo esperas. En ese preciso momento, por absurdo que pueda parecer, al fin comprendió qué quería decir Gardel cuando cantaba aquello de «que veinte años no es nada».

                                                                           II
Cuando Javi traspasó el portal, miles de recuerdos se agolparon en su mente de forma desordenada. Recordaba aquel recibidor al que Marta acudía corriendo para abrir la puerta y colgarse con sus brazos alrededor de su cuello y besarlo casi a escondidas... no fuera a descubrirlos Doña Juanita, la madre de Marta, una encantadora viuda protectora y chapada a la antigua.
También reconoció el salón, aunque la distribución de muebles había sufrido un enorme cambio. Eso sí...en uno de sus laterales permanecía el mismo cuadro de antaño, un paisaje marino en el que el movimiento de las olas al morir en la orilla parecía real.
Siempre me gustó ese cuadro... dijo Javi con sinceridad.
Lo sé... quizás por eso no lo quité nunca. respondió Marta sonriendo.
¿Y... tu madre?
Murió hace cinco años. El mes pasado fue el aniversario de su muerte.
Lo siento mucho, Marta. Sabes que la apreciaba... a pesar de los problemas que tuvimos.
Ella también te apreciaba a tí, Javi... como si fueses su propio hijo.
En ese momento, el inconfundible aroma del café recién hecho impregnó el aire del salón y Javi inspiró profundamente, cosa que no pasó inadvertida para Marta.
Acababa de hacer café. ¿Te apetece una taza y así me vas contando a qué debo tu visita?
Perfecto, Marta. ¡Huele de maravilla!
Se sentó en el viejo sofá del salón mientras Marta se perdía en la cocina, y acarició los cojines con delicadeza... la misma con la que hacía veinte años había empleado para besar, acariciar y hacer el amor a Marta precisamente sobre esos mismos cojines, aprovechando que Doña Juanita había salido a la plaza de abastos para realizar la compra diaria. Recordó el palpitar del pecho mientras se desnudaban mutuamente con rapidez, sabiendo que cada minuto era un regalo que debían aprovechar, y mirando de cuando en cuando de reojo el viejo reloj de pared que marcaba la cercanía de la llegada de Doña Juanita.
Cuando ya percibían que el tiempo se les echaba encima, se apresuraban a vestirse y a tratar de calmar sus corazones, disimulando en la medida de lo posible el suave rubor de mejillas que el placer había dejado en sus adolescentes cuerpos.
Marta entró en el salón portando en sus manos una bandeja sobre la que descansaban dos tazas de cerámica blanca a medio llenar de leche, un azucarero y la jarra de humeante café.
He supuesto que seguías tomándolo con leche...
Bien, bien... has dado en el clavo. Hay costumbres que no he perdido, como puedes ver.
Tras saborear un delicioso café, Javi sentía que había llegado el momento de dar explicaciones.
Te preguntarás qué hago aquí ¿verdad? Después de veinte años supongo que lo último que esperabas encontrar en tu puerta era a tu primer novio, el mismo que te dejó sin apenas darte explicaciones...
Aquello pasó hace mucho tiempo, Javi. No te niego que me hiciste mucho daño, pero éramos adolescentes y ahora veo las cosas desde otra perspectiva. Rehice mi vida, y me fue más o menos bien. Ahora comprendo muchas cosas y, desde la muerte de mi madre, parece como si muchas puertas y ventanas del entendimiento se hubiesen abierto. Créeme... no te guardo rencor por lo que hiciste. Al contrario: agradezco lo feliz que me hiciste los años que estuvimos juntos.
Aun así, Marta... sé que actué mal y quiero pedirte disculpas por mi comportamiento infantil y mi falta de sensibilidad.
Acepto tus disculpas, Javi...—dijo Marta mientras apoyaba su mano sobre la de Javiolvidémoslo, al menos esta tarde.
Charlaron durante largo rato, hasta que el reloj marcó las seis de la tarde y Javi comprobó que debía marcharse si quería llegar a tiempo a la estación de trenes.
Lo siento, Marta... tengo que irme. Mi tren sale en media hora y no puedo perder más tiempo. Ha sido un placer encontrarte así y poder charlar de todo aquello que no pudimos en su día.
Yo también he disfrutado mucho... necesitaba tener esta charla contigo. Llevo esperándola muchos años.
Quizás pueda pasarme otro día... y repetimos dijo sonriendo Javi.
Tal vez... quién sabe. Yo seguiré aquí esperándote.
Dicho esto Javi acercó sus labios a la mejilla derecha de Marta, pero instintivamente rozó la comisura de la chica provocando el estremecimiento mutuo. Los ojos de Marta se humedecieron, y tras secárselos con decoro, acompañó a Javi hasta la puerta, despidiéndose con un susurro que el muchacho interpretó como un «te quiero».
Cuando la puerta se cerró, Javi permaneció un rato petrificado ante ella. Sintió que tras esa vieja tabla de madera había recuperado un pedazo de su vida que ya daba por perdida irremediablemente, y no dudó en alegrarse de haber tenido ese día aquella extraña sensación que lo impulsó a volver a la casa de su primer amor.
Los pasos de alguien bajando las escaleras sacaron a Javi de su ensimismamiento. Era un señor al que reconoció como el vecino del tercero, Don Julián, mucho más mayor de lo que lo recordaba y con el pelo completamente blanco aunque con el mismo vigor a cada paso que daba.
¿Busca a alguien? preguntó a Javi.
No se preocupe... acabo de hablar con Marta. De hecho, ya me marchaba.
Muchacho... eso que cuenta es imposible. Marta murió hace cinco años en un accidente de tráfico junto a su madre. Fallecieron en el acto...una verdadera desgracia. Fue una verdadera conmoción en el barrio, ¿sabe?. Disculpe... le encuentro pálido... ¿he dicho algo que no debía? ¿se encuentra bien? Tiene mal aspecto... ¿necesita un médico?...




Ficha técnica:

         Concurso:  XI Certamen de Relato Corto Miajadas 2014
         Organizador:  Excmo. Ayuntamiento de Miajadas.
         Lugar: Miajadas, Cáceres. ESPAÑA








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