viernes, 29 de noviembre de 2013

"LA BESTIA DEL CANTÁBRICO" (relato corto.-2013)



PRIMER PREMIO DEL I CONCURSO INTERNACIONAL "DOYRENSMIC" DE RELATOS FANTÁSTICOS 2013


                                       "LA BESTIA DEL CANTÁBRICO"


A quien pudiera interesar, sirvan las siguientes líneas escritas por Alfonso de Sanz y Barillas, marino de la goleta «Nuestra Señora de los Milagros» que bajo bandera española dedicó su expedición por el Mar Cantábrico a la persecución, localización y captura de la Bestia que asoló las costas de España en el año de Nuestro Señor de mil ochocientos siete.
Habiendo partido el cuatro de junio de dicho año desde el puerto de La Coruña, nuestra expedición compuesta por veintitrés marineros (entre los que se encontraba un servidor) y dirigidos por el Capitán Gonzalo de Beltrán y el Contramaestre Lucio de Coslada, nos dispusimos  a transportar al Profesor Bayona, reconocido experto en bestias marinas del nuestro y otros continentes, en un viaje que habría de durar varios meses y durante el cual recorreríamos de oeste a este y de este a oeste toda la costa norte española desde Galicia hasta Irún y las aguas del Golfo de Vizcaya.
El hundimiento, meses antes,  del mercante «Ciudad de Vigo» frente al Cabo de Peñas, trajo a las playas de Gijón treinta y cinco cadáveres desmembrados y con la carne lacerada de cabeza a pies, un accidente que suponía el número tres desde que empezara el año, si bien este último incidente en concreto era el de mayor número de pérdidas humanas.
Fue así como su majestad Carlos IV de España tomó personalmente cartas en el asunto, ofreciendo una recompensa a quienes pudiesen capturar al animal o criatura responsable de todo aquello. Y doy fe que fueron muchos los desgraciados que se hicieron a la mar con barcazas de todo tipo…y fueron también muchos los que jamás volvieron. Cansado de fracasos, el Rey ordenó al insigne Profesor Bayona dirigir la expedición que resumo en la presente carta.
Durante los primeros días de navegación, fueron avistadas diferentes especies ya conocidas y anodinas para la investigación del Profesor Bayona, como cachalotes, jaquetones y otros grandes peces habituales en la pesca de esta zona que no suponían ningún avance en nuestra empresa y que largo tiempo llenaron de hastío la cubierta del navío en la que todos los marineros, jóvenes, emprendedores y ávidos de aventuras, esperábamos ansiosos el avistamiento de aquella Bestia que veteranos pescadores habían descrito como «criatura salida de las mismas puertas del Averno».
Al amanecer del día dieciséis de junio, tras haber fondeado frente a Santander y hacer tareas comunes de aprovisionamiento de víveres y reparaciones de las jarcias y velamen de nuestra goleta, la expedición partió en dirección noreste hacia la longitud de tres grados en el meridiano de Greenwich, buscando aguas abiertas y con profundidad.
Y he aquí que encontramos una mar calmada, sin oleaje que amenazara las maniobras de navegación, y con un cielo limpio y despejado como un servidor no recuerda en años de pesca por la zona. Estando el sol situado sobre la vertical del cielo, sobrepasado por poco el mediodía, nuestro vigía detecta movimiento de aguas a menos de media milla a estribor. Al poco, la goleta experimenta una sacudida que hace balancearse el casco como si se tratara de una cáscara de nuez y provocando múltiples caídas en cubierta. A la sorpresa inicial, la marinería respondió con comprobada solvencia, asegurando los cordajes y distribuyendo el trabajo con rapidez, bajo las órdenes de un Capitán Beltrán que en todo momento se mostró sereno y decidido. Me asomé por la borda de estribor, comprobando que existían desperfectos en el casco, si bien éstos no suponían un peligro para la flotabilidad del barco…eso sí, fuese lo que fuese aquello que impactó contra la goleta, debía tener unas dimensiones colosales y una fuerza titánica.
Aguardamos en mitad del silencio durante largo tiempo, hasta que el vigía, a voz en grito volvió a llamar la atención de la tripulación, esta vez por babor.
«Dios bendito, qué es eso…», oí musitar al Capitán al oído del Profesor Bayona. Cuando me dirigí a babor, sentí que la sangre se me helaba bajo la piel.
A lo lejos, avanzando a gran velocidad y en dirección a la goleta, sobre la superficie del mar se recortaba la negruzca silueta de un lomo de grandes dimensiones. No, no se trataba de una ballena…todos habíamos sido enrolados en balleneros hacía tiempo y aquello no tenía aspecto de ser nada que hubiésemos visto antes…la piel de aquella criatura parecía agrietada, escamosa, y justo encima del lomo se apreciaba una especie de cresta parecida a la de algún reptil. La velocidad del animal era muy superior al de cualquier pez que hubiese visto antes y su intención no daba lugar a dudas: pretendía impactar contra el barco de nuevo.
El caos se apoderó de la tripulación, y todo el orden y disciplina que hasta entonces habíamos mostrado se hizo añicos…algún marinero, víctima de la histeria, se lanzó de cabeza al agua y comenzó a nadar Dios sabe hacia dónde…
Yo entrelacé mi brazo derecho a un cabo del palo mayor, y me abracé al mismo esperando el impacto. Cuando éste se produjo, parecía que el mismo Neptuno había partido en dos el navío. Sentí zozobrar la nave y volcar casi al completo, cayendo la mayoría de los marineros al agua. En cuestión de segundos la goleta se iba a pique, hundiendo sus tablones en las frías aguas del Cantábrico, mientras los marineros nadaban alejándose del pecio y buscando con la mirada, completamente aterrorizados, la oscura presencia de aquella especie de serpiente marina gigante que había hundido nuestro navío con la facilidad que un crío hunde una piedra en las olas.
Sobreviví flotando sobre unas tablas, viendo como poco a poco cada uno de mis compañeros de viaje era sumergido entre alaridos para desaparecer en las profundidades del mar. Fui el único que puede contarlo, y no puedo dar explicación de por qué aquella Bestia me dejó con vida, aunque intuyo que quizás necesitaba alguien que diera testimonio y advirtiera a la humanidad de que el Cantábrico tiene dueño…y no permitirá jamás que el hombre se apropie de él.

Ficha técnica:
      Concurso: I Concurso Internacional "DoyrensMic" de Relatos Fantásticos.
      Organizador: Club Doyrens
      Lugar: Web Club Doyrens.

                                  Safe Creative #1311299455990

jueves, 28 de noviembre de 2013

PRIMER PREMIO EN EL I CONCURSO INTERNACIONAL "DOYRENSMIC" DE RELATOS FANTÁSTICOS



El Club literario Doyrens, implantado en varios países castellanohablantes, ha anunciado en la mañana de hoy que Alberto Puyana se ha convertido en el ganador de su I Concurso Literario DoyrensMic de Relatos Fantásticos con el relato "La Bestia del Cantábrico", entre los 117 relatos presentados procedentes de todo el mundo.
El premio supone además la publicación de dicho relato en la antología que, sobre el citado concurso, se editará en los próximos meses.
Este premio supone el quinto primer premio del escritor gaditano en lo que llevamos de año, destacando estos dos últimos meses en los que el autor ha "cosechado" dos primeros premios y un segundo.
En próximas fechas pondremos a disposición del lector de este blog, el texto completo galardonado.

domingo, 3 de noviembre de 2013

"LA TEMBLOROSA MANO DE FRANKIE" (relato corto.-2013)





PRIMER PREMIO DEL XII CONCURSO LITERARIO DE RELATOS "VILLA DE COLMENAREJO" 2013                                       

                                        «LA TEMBLOROSA MANO DE FRANKIE»

Frankie Sullivan nunca imaginaría que aquella fría mañana de 1929 vería pasar a la mismísima muerte por delante de sus ojos. Se levantó como siempre, mucho antes de las seis de la mañana.
En plena oscuridad, palpó con las manos la superficie de la mesita de noche hasta localizar sus gafas, y se las colocó con delicadeza. Luego echó un leve vistazo a la abultada forma que su esposa Rose dejaba a su derecha, sobre el colchón de su cama, y tratando de no hacer ruido se sentó en el borde mientras la punta de sus pies buscaban con impaciencia la abertura de sus zapatillas de andar por casa.

Caminó a tientas, en la penumbra de la alcoba, y tras encontrar casi por instinto el pomo de la puerta del dormitorio, lo giró con sumo cuidado tratando de evitar el ligero chirriar que provocaba su movimiento.
Al otro lado del largo y estrecho pasillo que se abría ante él, unas pequeñas y rápidas pisadas se acercaban con velocidad hasta Frankie.
¡Ssshhh! ¡Vamos, Sparky…despertarás a Rose!

Y seguidamente se agachó para acariciar al pequeño caniche que balanceaba la cola en respuesta al contacto con la mano de su amo, y que no dejó de acompañarle hasta que llegaron a la puerta del cuarto del baño.
Frankie encendió la luz y se acercó al lavabo, en cuyo borde apoyó ambas manos mientras inspeccionaba con atención el reflejo ante sí. Estaba viejo. Los años no habían pasado en balde y el condenado clima de Chicago tampoco es que fuera una ayuda para evitar la aparición de esos achaques que, desde hacía un tiempo, se instalaron en su enjuto cuerpo sin intención de abandonarlo en lo que le quedaba de vida. Decenas de arrugas surcaban su frente y su rostro…flanqueaban sus ojos, nacían alrededor de su nariz y, rodeando la comisura de sus labios, se precipitaban hasta el mentón, dejando una profunda marca que, junto con su nariz aguileña, endurecían su aspecto.
¿Cuánto tiempo más aguantaría su salud esos madrugones? El invierno estaba siendo muy crudo en aquella zona del país y la ciudad se vestía con un bellísimo manto blanco de nieve casi a diario, que no hacía más que martirizar las articulaciones y huesos del viejo Frankie.

«Quizás debería cerrar ya la barbería», se dijo mientras giraba el grifo, dejando escapar un hilo de agua prácticamente helada. Ese pensamiento acompañaba a Frankie todos los días desde hacía años… pero la delicada salud de su esposa Rose lo obligaban a marchar temprano y abrir ese pequeño negocio que precisamente ahora, en la vejez, se había convertido en el sustento de su hogar. Por primera vez en mucho tiempo, Frankie Sullivan era respetado en la ciudad y una auténtica legión de clientes poblaba la acera casi a diario esperando la oportunidad de que el viejo barbero les hiciese uno de sus conocidos cortes de pelo y afeitados.
Así que había muchos motivos para descartar la idea de cerrar el negocio…al menos en una buena temporada.
Si el bueno de Frankie hubiese sabido lo que ocurriría horas después…con seguridad habría cambiado de opinión.

                                                                    II

«…y hasta aquí las noticias de nuestro boletín informativo de las diez de la mañana. Les dejamos con Duke Ellington y su Orquesta interpretando I must have that man; se despide de ustedes hasta el próximo boletín, Ralph Wood para la WMAQ-AM de Chicago…¡Feliz día de San Valentín!».

El viejo Frankie se ajustó las gafas sobre la nariz y secó el sudor de su frente con el dorso de la mano izquierda, mientras tomaba con la derecha la hoja recién afilada con la que iba a afeitar a su inesperado cliente.
Hacía media hora que ese señor de mediana estatura, traje impecable, facciones duras y sonrisa amable, había colgado su abrigo y su sombrero en el perchero situado junto a la entrada de la barbería, y luego dio órdenes a sus dos robustos acompañantes (también impecablemente vestidos), para que cerraran a cal y canto las puertas del local sin dar más explicaciones.
Después se dejó caer en el asiento, y pidió un corte de pelo ligero junto con un afeitado pulcro y rápido porque tenía mucha prisa.

No había sido difícil reconocer su rostro. Prácticamente a diario, Chicago desayunaba viendo en las portadas de sus periódicos las fotos de gente como su cliente: George «Bugs» Moran.
Sobradamente conocida era la leyenda negra que precedía a este personaje, que no sólo controlaba la zona norte de la ciudad tras la caída de O’Banion, sino que sus arrebatos violentos y su visceralidad rayana en la locura, hacían de él un cliente poco deseable para un negocio humilde pero próspero que Frankie había tardado años en asentar en la Ciudad del Viento… y que ahora veía pender de un hilo.
¿Qué intenciones traía el Sr. Moran? Quizás le había llegado la hora de pagar, como antes lo había hecho George Stackton, el dueño del restaurante de al lado.

Tras un sencillo corte de pelo, el barbero se disponía a afeitar a su cliente. Con cuidado enjabonó generosamente el rostro de Moran empezando desde la mejilla izquierda hasta llegar a la mandíbula.
Frankie, no paraba de sudar, tenía la boca seca y sentía los latidos de su corazón en la garganta.
—¿Se te ha comido la lengua el gato, Frankie? —Bromeó Bugs, mientras sus dos acompañantes respondían con sonoras risotadas— Tranquilo, amigo. Solo quiero un afeitado de esos que te han hecho tan famoso en el barrio. ¿Sabes por qué he venido a tu barbería y no a otra, Frankie?
—N-no…se-señor Moran. —respondió temiendo una primera amenaza velada, preludio de una extorsión que le podría acompañar hasta el fin de sus días.
—He venido aquí… —dijo Bugs levantando la voz para que sus acompañantes también fueran partícipes de su argumentación—… porque debemos ayudarnos unos a otros. ¿Verdad Frankie?
—Claro, Señor…
—Y más aun cuando no somos de Chicago… ¿no es cierto?... ¿es verdad que vienes de Minnesota, Frankie?
—Cierto, S-señor…vine a Illinois en 1910.
—¡Magnífico!... ¿Sabes que yo también soy de Minnesota? ¡De St. Paul! ¿y tú de qué ciudad eres, amigo?
—M-Min…Mineápolis, S-señor.
—Razón de más para que nos ayudemos, Frankie… fíjate bien… «dos viejos amigos» de Minnesota juntos en esta barbería de Chicago… ¿No te parece fantástica la coincidencia? —añadió Bugs Moran con una luminosa y enorme sonrisa.

Antes de que el barbero pudiera responder, borró la sonrisa de su cara y espetó con semblante severo:
—¿A qué esperas para afeitarme, viejo?

Frankie se acercó al gangster enarbolando en su temblorosa mano derecha la hoja de afeitar, y este lo sujetó con violencia por la muñeca, mirándolo fijamente a los ojos.
—Escúchame bien, amigo. Esos tipos que están sentados ahí detrás están armados y tienen muy malas pulgas. Más te vale no hacerme ni un solo corte, o tendré que rebanarte la mano para que no hagas daño a ningún cliente más.

El sudor empapaba la camisa de Frankie, cuyo labio inferior empezaba a temblar. De repente el gesto amenazante de Bugs Moran se transformó en una colosal sonrisa a la que siguió una sucesión de histriónicas carcajadas que de nuevo fueron respondidas por sus dos compañeros.
—¿Habéis visto su cara? —comentaba con chanza.

Frankie inspiró profundamente, intentando obviar el sonido de las risas de los presentes para centrarse en su trabajo y tratar de calmar sus nervios. Invitó a su cliente a ladear ligeramente la cara, mientras apoyaba el filo de su hoja en la mejilla de Moran.
Por unos segundos se quedó paralizado sin atreverse a deslizarla… estaba seguro de que ese temblor de manos terminaría por provocarle una herida profunda, y no dejaba de imaginar lo calamitoso que podría ser para su negocio, y para su propia integridad física el más mínimo rasguño que pudiera ocasionar al capo de la zona norte de Chicago… debía calmarse.

Tomó de nuevo aire, una bocanada que se le antojó caliente, asfixiante, y en ese momento Bugs Moran retomó el diálogo con tono cordial.
—Perdona que te haya interrumpido, amigo. ¿No te importa que hablemos mientras me afeitas? ¿No?...Bien… en realidad quería proponerte un negocio, Frankie de Mineápolis.
El barbero deslizó grácilmente la hoja arrastrando a su paso jabón y barba. Luego la secó en el mandil que llevaba puesto y mucho más tranquilo, respondió aun temiendo la proposición que iba a recibir.
—¿Qué tipo de negocio, Señor Moran?
—¿Cuánto tiempo llevas con este local, amigo? —preguntó Bugs animando a Frankie con un gesto de manos a seguir afeitándolo.
—Pues…unos quince años, Señor.
—Corren tiempos muy difíciles, Frankie de Mineápolis… Capone se hace fuerte y muchos negocios son atacados por los miembros de su banda… no tienen escrúpulos. ¿Crees que se detendrán a pensar en los años que llevas trabajando sin descanso para que tu barbería salga a flote?... ¡Nooo!…. Romperán los cristales de tu escaparate, y prenderán fuego a los muebles y la moqueta. Frankie… necesitas protección…mi protección. Tan solo tienes que darme una cantidad simbólica para poder pagar a tipos como esos dos de atrás, para que a nadie se le ocurra ponerte un puto dedo encima.
—Gracias, Señor Moran… pero con este negocio no gano mucho. ¿De cuánto dinero estaríamos hablando?
—Del veinticinco por ciento de lo que recaudes semanalmente. Creo que es un buen precio… ¡si es que quieres ver tu negocio en pie muchos años, claro!... tu decides libremente.

«¿Libremente?», pensó Frankie. Estaba en un callejón sin salida. Sabía que a Bugs Moran no le faltaba razón. Tarde o temprano, hombres de Capone o del propio Moran, se presentarían en las puertas de su negocio exigiendo un pago a cambio de no destrozarlo.
Los grandes capos basaban sus negocios en la venta ilegal de alcohol, pero no desaprovechaban la oportunidad de alcanzar con sus tentáculos otros negocios prósperos… incluso su humilde barbería (de clientela fiel y a veces distinguida) era un plato apetecible para cualquiera de las bandas de Chicago, por pequeño que pudiera parecer ese trozo de pastel. Capone y Moran se estaban repartiendo la ciudad en una carrera frenética por controlarlo absolutamente todo.
Pero Frankie no solo pensaba en el futuro de su negocio: su vida corría el mismo riesgo si no accedía a pagar lo propuesto por Bugs Moran. No tenía elección.
—Me parece bien, Señor…acepto su oferta.
—¡Muy bien, Frankie de Mineápolis! —respondió Bugs dando sonoras palmadas en la espalda del barbero.- Y ahora date prisa, llego tarde. ¿A qué hora teníamos que estar descargando, chicos?
—A las diez y media —respondió uno de ellos— Pero allí ya deben estar James, Adam y los demás.
—Sabéis que no me gusta llegar tarde a estas cosas… —añadió mirando su reloj de pulsera nerviosamente— ¡no llegamos! ¡Frankie! ¡Date prisa, maldita sea! ¿Es que tengo que darte una patada en el culo para que tardes menos?

El viejo barbero volvió a apoyar la hoja de afeitar, esta vez en la mejilla derecha de Bugs y notó que el temblor en su mano regresaba de forma más aparatosa que antes.
Tragó saliva. Las lentes de sus gafas se empañaron y las gotas de sudor recorrieron su afilada nariz hasta llegar a la punta, manteniéndose en perfecto equilibrio unos segundos, para precipitarse finalmente contra la moqueta del suelo.
—¡¡Aprisa!! ¡¡Aprisa!! —vociferó Moran.

Frankie deslizó de nuevo la hoja, aunque esta vez sintió que se quedaba clavada en la piel, y la sangre brotaba de la herida.
Moran lo apartó con el brazo haciéndole perder pie y caer de nalgas en el suelo.
—¡Maldito viejo! —exclamó mientras se tapaba la herida en su mejilla con la palma de la mano.

Automáticamente, los dos guardaespaldas de Bugs se levantaron casi al unísono y se acercaron hasta donde estaba el barbero, que levantaba sus brazos pidiendo clemencia.
Frankie sintió como sus pantalones se empapaban de orina mientras retrocedía hacia una de las paredes buscando un refugio que resultaba a todas luces absurdo. Luego se cubrió la cabeza con los brazos, y gritó:
—¡Piedad, piedad! Mi mujer está mayor y enferma… me necesita. Llevaos lo que queráis del local, destrozadlo si queréis… ¡pero no me matéis!
—No hay tiempo chicos —dijo Moran mientras se secaba los restos de jabón del rostro y presionaba con su mano sobre la herida— ¡Vámonos!
Antes de salir por la puerta Bugs se giró y gritó a Frankie mientras le apuntaba con el dedo índice…
—…y tú viejo… si aprecias tu vida no te muevas de aquí. Volveremos dentro de un rato. Cierra el maldito local y espérame ahí sentado. Tenemos que ajustar cuentas.

Y tras dar un portazo, Moran y sus dos hombres desaparecieron.

                                                             III

En la vetusta barbería de Frankie tan solo se escuchaban sus sollozos mezclados con la música de la radio que en ese momento emitía West end Blues de King Oliver.
De repente, su anodina vida había dado un giro dramático y no acertaba a adivinar qué tipo de castigo le tendría reservado Bugs Moran por haberle proporcionado un corte que quizás le dejara una cicatriz de recuerdo para toda la vida.
Por un momento pensó en huir. Abandonar el local, ir a casa para tomar a Rose de la mano y meter en unas maletas lo mínimo imprescindible para desaparecer de Chicago…de aquel maldito infierno que tenía secuestrados a sus habitantes bajo la violencia, la extorsión y la codicia; donde la ley era violada casi a diario y el orden se vulneraba en cada esquina, sin distinguir credos, razas, o condicionantes sociales.

La capital de Illinois se había convertido en un campo de batalla donde los comerciantes eran tomados como rehenes de un sistema en el que la policía y la judicatura eran corrompibles…no había esperanza alguna. Moran y Capone, Capone y Moran…ellos eran los auténticos amos de la ciudad.
Pero no había tiempo para escapar a ningún lado. Y aunque así lo hiciera, nada le aseguraba que estuviera a salvo de que algún pistolero bien pagado por Moran le acechara para descerrajarle un disparo cualquier día, de cualquier año…en cualquier lugar, incluso más allá de Illinois. El poder de los capos de Chicago se extendía por el mapa de los Estados Unidos desde la costa este hasta la oeste…como una plaga de langostas, acabando con todo lo que encontraban a su paso e implantando nuevas normas y deberes a las comunidades que tomaban.
Escapar, pues, se antojaba inútil.
Por si fuera poco, el pánico atenazaba sus músculos y se veía incapaz de dar un solo paso fuera de la barbería, así que finalmente se limitó a echar las cortinas y mostrar el cartel de «Cerrado» en el cristal de su puerta.
Se sentó en una banqueta y esperó temblando a que ésta se abriera de nuevo. Tras una hora eterna, el sonido ambiente se detuvo súbitamente.

«Interrumpimos la programación matinal para dar un boletín urgente. Según fuentes policiales de Chicago, hace menos de una hora se ha producido un tiroteo en el 2122 de North Clark, en el que han fallecido siete conocidos miembros de la banda de George «Bugs» Moran. La Policía de Chicago no duda que se trata de un nuevo ajuste de cuentas entre bandas del norte y el sur de la ciudad. Nos han confirmado que Moran no se encontraba entre los fallecidos en el tiroteo, aunque sin duda este duro golpe, puede inclinar la balanza de la guerra de bandas en las calles. Seguiremos informando. Ralph Wood, para la WMAQ-AM, de Chicago»

Casi a la par que concluía el boletín informativo, la puerta de la barbería se abría dando paso a Bugs Moran que se presentaba lívido, sudoroso, y con gesto serio. Su exagerada y brillante sonrisa se había borrado de su rostro, y miraba casi sin parpadear al barbero.
—Me hiciste llegar tarde, Frankie…
—Lo siento, Señor Moran —respondió balbuceando mientras las lágrimas inundaban sus ojos.
—No, viejo... no lo entiendes ¡Me has salvado la vida!
—¿C-cómo?
—Toma —dijo dejándole un enorme fajo de billetes sobre una mesita—…cómprale un buen abrigo de pieles a tu mujer, collares de perlas y anillos… llévala al teatro, invítala a cenar… o simplemente coge el dinero y vete de aquí, Frankie. Es mi manera de agradecerte lo que has hecho.

Bugs Moran dio media vuelta y salió de nuevo de la barbería, aunque esta vez no con un portazo.
Frankie se levantó lentamente, tomó el fajo de billetes en sus manos y pensó en la infinidad de cosas que podría hacer con esa cantidad de dinero.
Regalos, caprichos, coches caros, restaurantes exclusivos, fiestas importantes y galas benéficas junto con la alta sociedad de la ciudad…todo aquello que se le había negado a lo largo de los años, por un golpe del destino se hacía posible, minutos después de escapar de una muerte segura a manos de uno de los capos más peligrosos del país.
Frankie templó sus nervios y borró de su mente las ideas más frívolas, centrándose en (como había sugerido el propio Moran) huir de Chicago…volver a Mineápolis.
Comprarse una granja a las afueras y cuidar de sus patos y gallinas, o ver el atardecer a orillas del Mississippi, con el sedal de una caña sumergida en sus aguas, y olfatear a lo lejos el riquísimo aroma de las tartas de arándanos de su adorada Rose.

Pero después de echar un vistazo a esa vieja barbería que había sido su vida los últimos años, no tuvo la más mínima duda de la forma en que lo emplearía: tenía suficiente dinero para pagarle a Capone el dinero que le pidiese como «cuota» cuando llegara el momento y vivir tranquilo los pocos años que le quedaban de barbero.
Y no le quedaba la menor duda…ni fiestas, ni coches, ni restaurantes…ni granjas junto al Mississippi. Para ser feliz solo necesitaba a Rose y su barbería: eran el triángulo perfecto.
Así que guardó el fajo con mimo dentro de una vieja lata de jabón vacía que guardaba en un estante, y aguardó paciente durante meses a que Al Capone llamara a su puerta.
Y sin ninguna duda, fue el dinero mejor empleado de toda su vida.


Ficha Técnica:
      Concurso: XII Concurso Literario de Relatos "Villa de Colmenarejo", categoría Adultos.
      Organizador: Excmo, Ayuntamiento de Colmenarejo.
      Lugar: Colmenarejo, Madrid, ESPAÑA.

                               Safe Creative #1308115561539